Fragmento de Emanuel Montaldi, sobre la catedral de Notre Dame.

“Ante lo ocurrido en Notre Dame no va a faltar algún imbecil que, asumiendo una postura progre, rebelde o transgresora, se regocije por lo sucedido. Al respecto hay que indagar qué postura asumió el Partido Bolchevique, el más revolucionario de la historia, ante los monumentos históricos del zarismo y de la iglesia ortodoxa rusa. Festejar semejante tragedia cultural es propia de un primate, no de una posición de izquierda.”

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Seis y media de la tarde. Se ve una enorme columna de humo saliendo del centro de París. Nadie da crédito a lo que ven sus ojos. Pero es cierto. Notre Dame, la catedral de la ciudad, uno de sus símbolos desde hace siete siglos, emblema del Gótico, el monumento más visitado del mundo, arde por los cuatro costados.

De repente ya no se oye otra cosa en el corazón de París que las sirenas de los camiones de bomberos. Nada más. Ni siquiera los gritos de los turistas o de los parisinos. Nadie es capaz siquiera de articular palabra. Todo el mundo en la catedral y en la isla de la Cité es evacuado. No se registran de momento víctimas. Pero tras poco más de una hora de incendio la aguja de Notre Dame, 96 metros de altura, 800 años de historia, se viene abajo. Los turistas que pasean en barco por el Sena son testigos de la escena.

Gran parte del techo de Notre Dame también se ha venido abajo. Es pronto todavía para hablar de causas. Los hechos son que la catedral estaba siendo restaurada desde hace meses. Grupos conservacionistas franceses habían denunciado que se caía a pedazos y que necesitaba más de 100 millones de inversión.

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